miércoles, 3 de septiembre de 2008

Juan Manuel González, in memoriam



Indiscutiblemente, Juan Manuel González encarnó en esencia, a lo largo de todo su periplo vital, a un auténtico personaje literario. Y como tal murió.
Los recuerdos que intento ordenar de nuestros años de amistad y de colaboración testimonian que vivió emulando a sus grandes referentes literarios, pero de manera auténtica y personal. A menudo solía citar a varios de esos autores más queridos: Manrique, Blake, Séller, Morris, Heine, Hölderlin, Rilke, Yeats, Rueda Santos, Sá-Carneiro, Pessoa, Unamuno, George, Juan Ramón, Aleixandre, Benn, Lawrence (D.H.), Graves… Las huellas de esas lecturas aparecen a menudo en su obra. Siempre recordaré cómo se enorgullecía al contarnos que sus alumnos segovianos “más aventajados” de la Facultad de Publicidad le apodaban “El oráculo de Delfos” o “La sombra de Byron”.
Una de las cualidades esenciales de Juan Manuel consistía en su enorme capacidad creadora. Buena muestra de ello es la prolífica y variada obra que deja tras de sí: poesía, narrativa, artículos periodísticos, crítica literaria, traducciones… Más de una veintena de libros que dan constancia de una obra prolífica, original, erudita, bien cuajada, con repercusión mediática, que contó con el beneplácito de la crítica y, sobre todo, con lectores fieles.
Mi relación con Juanma se remonta a principios de la década de los noventa. Tras iniciar mi etapa profesional en el Colegio Mayor Universitario “Nuestra Señora de África”, tuvimos ocasión de conocernos mediante las actividades literarias que allí organizábamos y, poco a poco, se fraguó entre nosotros una profunda amistad que trascendía lo literario. Así, viajamos juntos –guardo entre mis recuerdos más gratos el viaje a Sintra, tan fructífero y tan divertido-, participamos conjuntamente en numerosísimos congresos, recitales, jornadas, talleres, seminarios, presentaciones de libros, premios literarios, etc. Le antologué en Poesía ultimísima. 35 voces para abrir un milenio (1997) y en Milenio. Ultimísima poesía española (1999), pues aunque, por edad, debería pertenecer a la generación de los ochenta, por su especial relación con los autores más jóvenes, siempre fue considerado como miembro de la promoción posterior –nos gustaba hablar de constelación-, conocida con el marbete de “ultimísima”; también tuve el placer de formar parte del jurado que le otorgó el Premio Sial de Ensayo 1999 a su obra El viento entre los juncos: Libros y autores para el cambio de siglo; durante los noventa y en los primeros años del nuevo milenio, participó como profesor en los Talleres Literarios de Rivas-Vaciamadrid y en los Talleres de Poesía, Novela, Relato Corto y Escritura periodística de los Colegios Mayores de Madrid, que dirigí y coordiné junto a José Ramón Trujillo. Su participación en los Ciclos de Poesía Última en la Fundación Rafael Alberti, cuyo premio poético ostentaba con orgullo, nos permitió consolidar la idea de que era menester plantar cara a los mandarines de la poesía española actual para que pudiesen aflorar nuevas voces, con variedad de formas literarias, estilos y sensibilidades estéticas, aunque nos costase la enemistad de algunos de esos “líderes” poéticos.
Tampoco quiero dejar de reseñar que, desde que nos planteamos refundar el PEN Español, fue uno de los primeros escritores que se sumó a dicha iniciativa. En el Encuentro Mundial de Escritores, organizado por el PEN Internacional, que tendrá lugar en Bogotá, del 15 al 22 de septiembre, le recordaremos en el apartado de miembros ilustres de nuestra organización que han fallecido el último año.
Por su parte, aunque pareciese que nos unía el vínculo tan especial que se establece entre autor y editor, siempre consideró mi faceta de escritor y, más concretamente, me consideraba compañero de lides poéticas, por lo que consideró oportuno incluirme, en calidad de organizador, y en contra de las “autorizadas” voces que me tildaban de “utópico, raro y advenedizo”, en las jornadas Escribir en España. promoción y difusión de nuevos autores, celebradas en la Biblioteca Nacional los años 1996 y 1997, que levantaron no poca expectación y en las que se analizó el panorama literario finisecular; también prologó mi libro Afluentes de la memoria, con un bello pórtico titulado “Reconstruir a partir del sueño y del recuerdo”; asimismo, escribió varias reseñas sobre mis poemarios –todas ellas generosas, así era Juanma- entre las que siempre releo con emoción y agradecimiento sincero la que tituló “Basilio Rodríguez Cañada: El juego de las palabras y los sentimientos”; muchos fueron también sus consejos y no pocas las experiencias compartidas.
No quedan muy lejanos nuestros últimos encuentros, en los que hablamos sobre todo de su magnífica biblioteca, tristemente diseminada y, en su mayor parte, guardada en decenas de cajas sin clasificar –también compartíamos una desmedida afición por la bibliofilia-, que atestaban su piso de soltero. Le noté profundamente triste, desilusionado, sin ánimos para seguir luchando, aunque pensé que exageraba.
Unos días antes de su fallecimiento, concretamente a finales del pasado mes de mayo, desde un taxi le vi caminar, cabizbajo y meditabundo entre las calles Bretón de los Herreros y Alonso Cano; le grité desde la ventanilla, pero no me oyó. Me pareció que había adelgazado excesivamente –y pensar que años atrás nos reíamos de la gota como enfermedad que daba cierto empaque literario-, indefectiblemente pegado a su pipa, con ese ensimismamiento de quienes han optado por anclarse a sus recuerdos y desconectar de la realidad, porque recordar es volver a vivir. Pensé en llamarle unos días después, para coincidir en la Feria del Libro de Madrid, como era tradicional, e irnos a comer un buen chuletón a El jamón y el churrasco o unas fabes con langosta en La Fueya, para rememorar viejas hazañas o fraguar nuevos proyectos.
Tras regresar de un viaje a Bulgaria, Luis Alberto de Cuenca me llamó para darme la noticia. Había muerto un gran escritor, un magnífico poeta, un amigo irreemplazable.
Ya eres, como tú querías, añorado Juanma, pura energía creativa, intuición poética, literatura esencial, alba de nieve.
Un caso atípico.

Basilio Rodríguez Cañada